24.06.03.
Santo Domingo de la Calzada - Burgos. Total distancia recorrida: 78
kms.
En Santo Domingo de la Calzada
nos alojamos en la Abadía Cisterciense (s. XVII), donde nos recibieron
las mismas monjitas que la vez anterior. La parte de la Abadía dedicada
a refugio de peregrinos, no se puede decir que sea un hotel de cuatro
estrellas, ni mucho menos (tampoco se pretende); pero puedes tomar
una buena ducha calentita y comer en un comedor/cocina bastante acogedor.
La localidad debe su nombre a un vecino de la cercana Viloria: se
llamaba Domingo, pero pasó a la historia como santo Domingo de la
Calzada, siendo el mayor benefactor del Camino, al que dedicó buena
parte de sus 90 años de existencia, después de ser rechazado como
fraile. En el interior de la catedral de Santo Domingo se conserva
un gallinero, en cuyo interior hay una hornacina con dos gallinas,
en recuerdo del más popular milagro atribuido al santo de la Calzada.
Como todos los días, nos levantamos antes de que amanezca, desayunamos
de forma abundante (la jornada va a ser dura) y comenzamos nuestra
marcha antes de las 8.00 horas.
Pronto dejaremos atrás Grañón, Redecilla
del Camino (en cuya iglesia se guarda una joya de pila bautismal del
siglo XII) y Vitoria (lugar de nacimiento de santo Domingo de la Calzada),
…
Íbamos acompañados por Jonathan, el colega estadounidense.
Acercándonos a Villambistia, el cielo comenzó a avisar: las nubes
se arremolinaban y un paisano que nos saludó al tomar agua en una
de las fuentes del Camino, ya nos comentó que aquello comenzaba a
tener mala pinta. Llegamos a Villafranca de
los Montes de Oca, donde una dura cuesta nos dirige hacia las
alturas de los Montes de Oca. Esta era
una zona muy temida por los caminantes medievales, ya que podían aguardarles
mil peligros. Ahora, la travesía de esta zona es mucho menos expuesta,
pero no por ello menos emocionante (lo que nos esperaba fue la pera).
Bosques de roble y ningún otro ruido que no provenga de la naturaleza.
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Y la naturaleza empezó a hacer ruido …; madre mía qué truenos. Teníamos
encima de nosotros, en mitad del bosque, un pedazo tormentón de mil
pares de narices. De pronto parecía que alguien me había tirado una
piedra; pues era granizo. Una bolas tan grandes que te hacían daño;
al dar en el casco, sonaban de forma bastante preocupante. En principio,
ante el panorama, nuestro primer impulso fue echar a correr como locos
e intentar salir del bosque cuanto antes; pero al ir avanzando nos
dábamos cuenta de que íbamos en directo hacia la tormenta.
El granizo dio paso a una lluvia torrencial y ya no hubo más remedio
que pararse y sacar los chubasqueros. El problema es que, en mitad
de la lluvia, cuando dijimos de arrancar de nuevo, pudimos comprobar
que estábamos totalmente clavados en el terreno (era arcilla pura)
y al intentar mover la bici, las ruedas arrastraban unas plastas de
barro alucinantes que se quedaban enganchadas en todos los mecanismos.
Jonathan, al intentar pedalear, se pegó una torta que hizo época;
se levantó absolutamente manchado de barro y con una herida en el
brazo. La cosa se comenzó a poner bastante chunga, pero aún así no
dejé de echar de menos mi máquina de fotos para inmortalizar el momento;
pero no pude, ya que la cantidad de agua que caía lo hizo imposible.
Bueno, pues aguantamos el chaparrón y salimos como pudimos (absolutamente
embarrados y chorreando) en dirección a San Juan de Ortega.
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Al llegar a esta pequeñísima localidad, lo primero que hicimos fue
ir hacia una magnífica fuente donde unos piadosos lugareños, al vernos
cómo íbamos, nos dejaron una goma que enganchamos a uno de los caños
y, manos a la obra: a quitar barro de las bicis, de las alforjas,
de nosotros, para poder continuar hacia la serranía
de Atapuerca (aún quedaba un buen tirón hasta Burgos). Quise
de nuevo inmortalizar el momento, aunque no había dejado de llover;
pero el carrete de la máquina de fotos se había terminado y no podía
localizar el carrete nuevo con el follón que teníamos liado. Una vez
finalizada la tarea de limpieza, comimos un poco de lo que llevábamos
y continuamos camino.
Por fin dejó de llover; atravesamos la serranía
de Atapuerca y llegamos a Burgos
hacia las 19 horas; un poco tarde, pero es que eran muchos Kms y habíamos
perdido bastante tiempo.
En fin, tarde, pero bien y con más hambre que nos alcanzaba la vista
(aparte del cansancio del que nunca se cuenta). No obstante, como
recompensa, nos estaban esperando unos amigos que viven allí para
ir a cenar a su casa. Una vez duchados (por cierto, con agua fría
ya que no había agua caliente en el refugio) y adecentados, nos recogieron
y nos deleitaron con una comida y buen vino que nos resarció de todo
lo pasado durante la jornada.
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