23.06.03.
Logroño – Santo Domingo de la Calzada. Total distancia recorrida:
55 kms.
El refugio de Logroño
está fenomenal; además, como novedad, en esta ocasión nos hemos encontrado
con que tenía la posibilidad de Internet gratuito para todos los peregrinos,
con lo cual pudimos enviar algún que otro correíllo sorpresa. Es un
refugio que dispone de cocina estupenda y comedor. Está limpio y es
grande; las literas cómodas con colchones buenos (no siempre sucede
así). No obstante, a pesar de todo esto, pasamos una de las peores
noches del Camino. Yo, personalmente, casi no pegué ojo; la causa
de todo esto: la noche tan calurosa que nos tocó soportar. Bueno,
son gajes del oficio. Nos despertamos bien temprano, como de costumbre;
desayunamos en abundancia y comenzamos la ruta. Abandonamos Logroño
por el Parque de la Grajera, zona arbolada de descanso a la orilla
de un lago; salvamos el alto de la Grajera
y llegamos a Navarrete, donde es preciso
detenerse en su famosa entrada al cementerio,
con rica portada gótica (ya antes nos habíamos detenido en una de
las panaderías de la localidad, donde el rico olorcillo nos llamaba
a grito pelado).
 |
 |
Salimos de Navarrete entre viñedos, salvando alguna
que otra pequeña dificultad, como por ejemplo el desprendimiento del
camino a causa de las lluvias torrenciales caídas en primavera. La
pista de tierra asciende hasta el alto de San
Antón, tramo bastante penoso, donde se hace necesario echar
pié a tierra en más de una ocasión. Al fondo, en la llanura, se divisa
Nájera. En una de sus primeras casas se lee un letrero alentador:
“Peregrino en Nájera, najerino”, lo cual da muestra de su hospitalidad.
Sales de Nájera por un pedazo de cuesta que tela marinera; y no es
ni más ni menos que el preludio de lo que viene después: las
cuestas de Peñaescalera. Pronto se abre de nuevo el espacio,
dirigiéndonos hacia Santo Domingo de la Calzada. Pasamos por Azofra
y al cruzar su calle Mayor, nos encontramos con un montón de ciclistas
que estaban esperando en la puerta del refugio de la localidad. Íbamos
a pasar a que nos sellaran la credencial, pero al ver tal cantidad
de gente enchufamos el turbo hacia Santo Domingo, pensando en que
igual nos quedábamos sin cama como llegara antes que nosotros el batallón.
En el tramo siguiente te encuentras con un cuestarrón (que ya lo ves
venir desde lejos), que tiene castañas. En la edición anterior no
fuimos capaces de subirlo en la bici; tuvimos que bajarnos y seguir
a pié hasta llegar a lo alto. En esta ocasión, para nuestro regocijo,
no tuvimos que bajarnos de la bici, lo cual nos supuso una alegría
considerable (¡qué machada!).
 |
|
Pues nada, llegamos a Santo
Domingo (no sin antes recibir una llamadita en el móvil de
nuestra hija la zaragozana, quejándose de que se encontraba muy mal,
que le dolía mucho la garganta y un oído - ¡vaya por Dios! -). Aunque
hubiéramos podido seguir avanzando un poco más (podíamos haber llegado
hasta Belorado), hubo que detenerse por necesidad en la ciudad del
Santo: a José Mª se le había roto un pedal automático y había que
cambiarlo. Este hecho nos supuso una auténtica aventurilla, ya que
el único establecimiento de bicis estaba regentado por un tío más
desagradable que la madre que lo trajo y no hizo más que ponernos
problemas: que si no tengo el pedal que quieres, que si no puedo cambiarlo,
que ahora qué hago yo, …. Nos puso de los nervios y al final tuvimos
que ir a buscar a un metalistero para que nos ayudara a solucionar
el problema. Menos mal que el hombre fue un tío apañado y se prestó.
En fin. Con más hambre que nos alcanzaba la vista, al fin pudimos
almorzar-cenar, compartiendo víveres con un matrimonio francés (andarines)
y con un chico norteamericano (Jonathhan French), que también iba
en bici; con este último hicimos amistad (fuimos coincidiendo con
él hasta que llegamos a Santiago) y en el mes de agosto vino a Granada
a visitarnos.
 |
 |
