02.07.03.
Melide- Santiago de Compostela. Total
distancia recorrida: 74kms.
Cuando llegamos al refugio de
Melide, lo primero que tuvimos que hacer fue mantener una pequeña
charla, que estuvo a punto de acalorarse, con la hospitalera de turno.
Al vernos bicicleteros, se le puso en montera a la buena señora
que no nos podía confirmar si nos admitía en el refugio
hasta las 20 horas. Pero bueno, vamos a ver, si no hay problema de
ocupación (y aunque lo hubiera); si ya los caminantes están
colocados; nosotros necesitamos parar, ducharnos, comer, descansar,
venimos mojados .... ; salimos de Roncesvalles, llevamos ya muchos
kms en las piernas y estamos a punto de llegar a Santiago. Además,
hay gente que camina pero con coche de apoyo; o que le llevan las
mochilas de un refugio a otro (esto último se ha puesto muy
de moda y yo mantengo que esto es hacer el Camino con coche de apoyo
y que alguien me diga lo contrario); y todo el peregrino que va con
apoyo a motor (coche, autobús, etc.) es el último en
tener plaza en cualquier refugio; comprensible ¿no?. Bueno,
pues aquí, alguna gente, va tan ricamente con su coche, el
cual aparca un poco retirado del refugio para que no le vean y pretende
ser el primero en el refugio; es más, es que no llevan ni las
botas manchadas y cuando ven al ciclista ..., bueno, pues parece que
éste no va realizando esfuerzo alguno; vamos, como si la bici
tuviera un motorcillo. Desde aquí quiero
mostrar mi más profundo desacuerdo con el menosprecio que en
muchas ocasiones inspiramos los peregrinos en bicicleta. Hay
mucha gente que te mira raro y, personalmente, pienso que exige un
esfuerzo incluso mayor que hacer el Camino a pié. Un
poco de solidaridad a todos no nos vendría mal. Tomemos
nota.
Bueno, pues nada; nos plantamos y nos dejó
estar; !! vaya si nos dejó estar, ...¡¡
El refugio estaba hecho una auténtica porquería;
yo no he visto más mierda (con perdón), reunida en tan
poco espacio y mira que las instalaciones eran buenas, pero muy mal
cuidadas; una pena. En fin, la cercanía de Santiago convierte
la estancia en el sucio refugio en algo extraordinariamente secundario.
Salimos bien temprano con lluvia desde la puerta
del refugio; no era intensa, aunque sí constante. Un grupillo
de cuatro chicos vascos en bici se las arreglaban como podían,
envolviendo sus alforjas y demás enseres en bolsas de plástico
(incluso a ellos mismos, ya que no llevaban chubasqueros). Más
adelante los pasábamos y vimos cómo se afanaban en que
no se les volara el lío de bolsas que llevaban encima (más
de una ya nos la íbamos encontrado tirada en el camino). Por
tanto !! OJO ¡¡ Hay que venir provistos de buena protección
para la lluvia (cubrealforjas, cubresaco de dormir, magnífico
chubasquero, etc., y aún así, como llueva como aquí
suele llover, te pones chorreando).
Íbamos a comenzar a pedalear y suena el
telefonillo:
piticlín, piticlín, ....¡¡¡
- Lucía, hija, ¿qué me cuentas
tan temprano?
- Mamá, que estoy de bajón.
- Pero !!! Qué me dices ¡¡¡
- Nada, que me van a suspender todas.
- Anda ya mujer; mira ....
Pues sesión de ½ hora de psicoterapia
individual dirigida a nuestra hija Lucía, la monstruito que
estudia telecomunicaciones, en un momento de agobio por los exámenes
finales.
Salimos de Melide con el buen sabor de boca de
tener por delante de nosotros una de las rutas más bonitas
y gratificantes de todo el Camino. Éste discurre superando,
uno tras otro, un conjunto de pequeños valles que harán
que nos enfrentemos con una sucesión de subidas y bajadas que
endurecerán considerablemente el recorrido, sobre unas piernas
un poco machacadas a estas alturas. El paisaje por el que discurre
este último tramo de la Ruta Jacobea es auténticamente
laberíntico: multitud de pequeñas aldeas entre bosques
de helechos y eucaliptos. El olor que se respira es especial; sólo
se huele allí y no me cansaba de repetirle a José Mª
que es el ambientador que yo quisiera para mi casa.
Si podéis parar un poquito, hacedlo en el
refugio de Ribadiso da Baixo, a orillas
del río Iso; merece la pena echar un vistazo.
La llegada al Monte do Gozo,
desde el que ya se divisan las torres de la Catedral de Santiago,
da paso a un conjunto de sensaciones que cada uno personaliza en su
interior.
Llegamos a Santiago de Compostela
lloviendo y cuando nos acercábamos a la Plaza
del Obradoiro, ya no llovía ... diluviaba; tanto es
así que tuvimos que parar y refugiarnos en unos soportales.
En cuanto disminuyó salimos pitando para la susodicha plaza,
que la teníamos muy cerquita. La intensa lluvia hizo que toda
la gente se dispersara y cuando llegamos nos encontramos con la plaza
vacía (cosa absolutamente inusual porque siempre hay bastante
gente de aquí para allá), lo cual nos permitió
hacernos una foto histórica, sin nadie que nos molestara; nosotros
solitos ante el Apóstol. Una vez aquí, ves recompensados
todos los esfuerzos realizados desde que salimos del Pirineo.
Lo primero: Un beso y una oración ante el
Apóstol.
Lo segundo: tres llamadas telefónicas (a
nuestras hijas, a nuestros padres y, la última, a D. Luis Díaz,
nuestro gran Presi-Menda, allá donde los haya).
Lo tercero: ir al refugio a coger cama.
El refugio del peregrino ocupa la tercera planta
del Seminario Menor. Dispone de unas
400 plazas (o más) y puedes permanecer en él un máximo
de tres noches, aunque nosotros saldríamos para Granada al
día siguiente.
Esa misma tarde nos dirigimos a la Oficina
del Peregrino para conseguir La Compostela. Si quieres que
en la misa del peregrino que se celebra en la Catedral a diario (a
las 12 horas), hagan referencia a tu peregrinación (en
el día de hoy han llegado a esta Catedral dos peregrinos procedentes
de Granada), lo tienes que comunicar en dicha Oficina y ellos
te incluyen en el listado que, por la mañana, pasan a la Catedral.
Presentando La Compostela en el Hostal
Reyes Católicos (actualmente, hotel de ,
en plena Plaza del Obradoiro), puedes comer gratis a las 9.00, 12.00
y 19.00 horas, siempre que seas uno de los 10 primeros peregrinos
que lleguen al Hostal. Nosotros hicimos el desayuno del día
siguiente: bollería, churros calentitos y crujientes y café
con leche, servido todo ello en el Comedor del Peregrino. Hace ilusión
seguir una tradición que se remonta al tiempo del medievo,
en el que los peregrinos eran atendidos de forma caritativa, una vez
concluida su peregrinación.
Después del opíparo desayuno en
un día con sol radiante (parece que estaba esperando a que
nosotros dejáramos de pedalear), nos dirigimos a la estación
de autobuses a sacar nuestro billete de regreso a Madrid y, de camino,
juguetear con las bicis de un parque infantil (es que el mono tira
mucho). Más tarde, misa del peregrino a las 12 horas y pantagruélico
almuerzo en Casa Manolo (te pones las botas por un más que
módico precio; ahora bien, esto los peregrinos lo conocen y
te tienes que ir con tiempo y a una hora que no sea demasiado punta).
Por la tarde, regreso a casa. La única anécdota
que puso el broche final a esta aventura es que cuando el autobús
salió, al cabo de un rato, vimos que llevaba una dirección
un poco extraña. Pues sí; salimos para Madrid pasando
por A Coruña. Una revuelta que nos dio oportunidad de conocer
de pasada la bonita ciudad.
Las bicis las llevábamos con nosotros en
el autobús; aunque hubiéramos podido facturarlas en
la Oficina del Peregrino, preferimos no hacerlo. La compañía
de autobuses tiene establecido un tope máximo de bicis para
transportar en cada viaje (3 o 4, no recuerdo bien) y nos cobraron
tres euros por cada una (facturarlas nos costaba cerca de 30 euros
cada una), no necesitando un embalaje especial, sólo quitarles
la rueda delantera.
Llegamos a la Estación Sur de Madrid y cogimos
el bus para Granada, aterrizando hacia el mediodía.
¡¡¡
Aventura concluida !!!, y gracias a Dios, en perfectas condiciones.
Cuando llegamos a casa, una de las cosas que hicimos
fue pesarnos: habíamos perdido unos 3 kg por cabeza, y eso
que durante todo este tiempo nos dimos unas tripoteras de comer de
esas que dices ¿pero cómo es posible que esté
comiendo de esta forma...? . Yo me había quedado prácticamente
en los 50 kgs, con lo cual me tendría que agarrar en los días
siguientes a los buenos potajes que mi mamá se encargaría
de prepararme (!!! a ver si engordas, niña ¡¡¡).