El camino de Santiago en Bici

Etapa 13: Melide - Santiago de Compostela
74 kms.

El camino de Santiago en Bici

02.07.03. Melide- Santiago de Compostela. Total distancia recorrida: 74kms.

Cuando llegamos al refugio de Melide, lo primero que tuvimos que hacer fue mantener una pequeña charla, que estuvo a punto de acalorarse, con la hospitalera de turno. Al vernos bicicleteros, se le puso en montera a la buena señora que no nos podía confirmar si nos admitía en el refugio hasta las 20 horas. Pero bueno, vamos a ver, si no hay problema de ocupación (y aunque lo hubiera); si ya los caminantes están colocados; nosotros necesitamos parar, ducharnos, comer, descansar, venimos mojados .... ; salimos de Roncesvalles, llevamos ya muchos kms en las piernas y estamos a punto de llegar a Santiago. Además, hay gente que camina pero con coche de apoyo; o que le llevan las mochilas de un refugio a otro (esto último se ha puesto muy de moda y yo mantengo que esto es hacer el Camino con coche de apoyo y que alguien me diga lo contrario); y todo el peregrino que va con apoyo a motor (coche, autobús, etc.) es el último en tener plaza en cualquier refugio; comprensible ¿no?. Bueno, pues aquí, alguna gente, va tan ricamente con su coche, el cual aparca un poco retirado del refugio para que no le vean y pretende ser el primero en el refugio; es más, es que no llevan ni las botas manchadas y cuando ven al ciclista ..., bueno, pues parece que éste no va realizando esfuerzo alguno; vamos, como si la bici tuviera un motorcillo. Desde aquí quiero mostrar mi más profundo desacuerdo con el menosprecio que en muchas ocasiones inspiramos los peregrinos en bicicleta. Hay mucha gente que te mira raro y, personalmente, pienso que exige un esfuerzo incluso mayor que hacer el Camino a pié. Un poco de solidaridad a todos no nos vendría mal. Tomemos nota.

Bueno, pues nada; nos plantamos y nos dejó estar; !! vaya si nos dejó estar, ...¡¡

El refugio estaba hecho una auténtica porquería; yo no he visto más mierda (con perdón), reunida en tan poco espacio y mira que las instalaciones eran buenas, pero muy mal cuidadas; una pena. En fin, la cercanía de Santiago convierte la estancia en el sucio refugio en algo extraordinariamente secundario.

Salimos bien temprano con lluvia desde la puerta del refugio; no era intensa, aunque sí constante. Un grupillo de cuatro chicos vascos en bici se las arreglaban como podían, envolviendo sus alforjas y demás enseres en bolsas de plástico (incluso a ellos mismos, ya que no llevaban chubasqueros). Más adelante los pasábamos y vimos cómo se afanaban en que no se les volara el lío de bolsas que llevaban encima (más de una ya nos la íbamos encontrado tirada en el camino). Por tanto !! OJO ¡¡ Hay que venir provistos de buena protección para la lluvia (cubrealforjas, cubresaco de dormir, magnífico chubasquero, etc., y aún así, como llueva como aquí suele llover, te pones chorreando).

Espeso bosque de hechos y eucaliptos.
Sólo aldeas minúsculas. Arroyos que hay que vadear con cuidado.

Íbamos a comenzar a pedalear y suena el telefonillo:

piticlín, piticlín, ....¡¡¡

- Lucía, hija, ¿qué me cuentas tan temprano?

- Mamá, que estoy de bajón.

- Pero !!! Qué me dices ¡¡¡

- Nada, que me van a suspender todas.

- Anda ya mujer; mira ....

Pues sesión de ½ hora de psicoterapia individual dirigida a nuestra hija Lucía, la monstruito que estudia telecomunicaciones, en un momento de agobio por los exámenes finales.

Salimos de Melide con el buen sabor de boca de tener por delante de nosotros una de las rutas más bonitas y gratificantes de todo el Camino. Éste discurre superando, uno tras otro, un conjunto de pequeños valles que harán que nos enfrentemos con una sucesión de subidas y bajadas que endurecerán considerablemente el recorrido, sobre unas piernas un poco machacadas a estas alturas. El paisaje por el que discurre este último tramo de la Ruta Jacobea es auténticamente laberíntico: multitud de pequeñas aldeas entre bosques de helechos y eucaliptos. El olor que se respira es especial; sólo se huele allí y no me cansaba de repetirle a José Mª que es el ambientador que yo quisiera para mi casa.

Si podéis parar un poquito, hacedlo en el refugio de Ribadiso da Baixo, a orillas del río Iso; merece la pena echar un vistazo.

La llegada al Monte do Gozo, desde el que ya se divisan las torres de la Catedral de Santiago, da paso a un conjunto de sensaciones que cada uno personaliza en su interior.

Auténtico paraiso multicolor.
Santiago ya casi se toca. En el Monte do Gozo.

Llegamos a Santiago de Compostela lloviendo y cuando nos acercábamos a la Plaza del Obradoiro, ya no llovía ... diluviaba; tanto es así que tuvimos que parar y refugiarnos en unos soportales. En cuanto disminuyó salimos pitando para la susodicha plaza, que la teníamos muy cerquita. La intensa lluvia hizo que toda la gente se dispersara y cuando llegamos nos encontramos con la plaza vacía (cosa absolutamente inusual porque siempre hay bastante gente de aquí para allá), lo cual nos permitió hacernos una foto histórica, sin nadie que nos molestara; nosotros solitos ante el Apóstol. Una vez aquí, ves recompensados todos los esfuerzos realizados desde que salimos del Pirineo.

Lo primero: Un beso y una oración ante el Apóstol.

Lo segundo: tres llamadas telefónicas (a nuestras hijas, a nuestros padres y, la última, a D. Luis Díaz, nuestro gran Presi-Menda, allá donde los haya).

Lo tercero: ir al refugio a coger cama.

El refugio del peregrino ocupa la tercera planta del Seminario Menor. Dispone de unas 400 plazas (o más) y puedes permanecer en él un máximo de tres noches, aunque nosotros saldríamos para Granada al día siguiente.

Esa misma tarde nos dirigimos a la Oficina del Peregrino para conseguir La Compostela. Si quieres que en la misa del peregrino que se celebra en la Catedral a diario (a las 12 horas), hagan referencia a tu peregrinación (“en el día de hoy han llegado a esta Catedral dos peregrinos procedentes de Granada”), lo tienes que comunicar en dicha Oficina y ellos te incluyen en el listado que, por la mañana, pasan a la Catedral.

Presentando La Compostela en el Hostal Reyes Católicos (actualmente, hotel de ˜˜˜˜˜, en plena Plaza del Obradoiro), puedes comer gratis a las 9.00, 12.00 y 19.00 horas, siempre que seas uno de los 10 primeros peregrinos que lleguen al Hostal. Nosotros hicimos el desayuno del día siguiente: bollería, churros calentitos y crujientes y café con leche, servido todo ello en el Comedor del Peregrino. Hace ilusión seguir una tradición que se remonta al tiempo del medievo, en el que los peregrinos eran atendidos de forma caritativa, una vez concluida su peregrinación.

Después del opíparo desayuno en un día con sol radiante (parece que estaba esperando a que nosotros dejáramos de pedalear), nos dirigimos a la estación de autobuses a sacar nuestro billete de regreso a Madrid y, de camino, juguetear con las bicis de un parque infantil (es que el mono tira mucho). Más tarde, misa del peregrino a las 12 horas y pantagruélico almuerzo en Casa Manolo (te pones las botas por un más que módico precio; ahora bien, esto los peregrinos lo conocen y te tienes que ir con tiempo y a una hora que no sea demasiado punta).

Por la tarde, regreso a casa. La única anécdota que puso el broche final a esta aventura es que cuando el autobús salió, al cabo de un rato, vimos que llevaba una dirección un poco extraña. Pues sí; salimos para Madrid pasando por A Coruña. Una revuelta que nos dio oportunidad de conocer de pasada la bonita ciudad.

Las bicis las llevábamos con nosotros en el autobús; aunque hubiéramos podido facturarlas en la Oficina del Peregrino, preferimos no hacerlo. La compañía de autobuses tiene establecido un tope máximo de bicis para transportar en cada viaje (3 o 4, no recuerdo bien) y nos cobraron tres euros por cada una (facturarlas nos costaba cerca de 30 euros cada una), no necesitando un embalaje especial, sólo quitarles la rueda delantera.

Llegamos a la Estación Sur de Madrid y cogimos el bus para Granada, aterrizando hacia el mediodía.

¡¡¡ Aventura concluida !!!, y gracias a Dios, en perfectas condiciones.

Cuando llegamos a casa, una de las cosas que hicimos fue pesarnos: habíamos perdido unos 3 kg por cabeza, y eso que durante todo este tiempo nos dimos unas tripoteras de comer de esas que dices “¿pero cómo es posible que esté comiendo de esta forma...?” . Yo me había quedado prácticamente en los 50 kgs, con lo cual me tendría que agarrar en los días siguientes a los buenos potajes que mi mamá se encargaría de prepararme (!!! a ver si engordas, niña ¡¡¡).

En la Plaza del Obradoiro. Objetivo cumplido.
A desayunar en el Hostal de los Reyes Católicos. Esperando el bus con el mono.

El camino de Santiago en Bici